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lunes, 2 de diciembre de 2019

LA BOMBA


El hallazgo de una bomba de la guerra civil, enterrada en una plaza del barrio, sacude de golpe el festivo sopor de una tarde de sábado. La pregunta unánime sale de las casas con lo puesto: ¿Cuántos años han vivido con aquella amenaza bajo sus pies?

Detrás del cordón policial de rigor y al margen de la labor de los artificieros, los vecinos empiezan a opinar. Unos: “Hay que hacerla explotar de inmediato para que su recuerdo se desvanezca con la misma rapidez”. Otros: “Mejor desarmarla y convertirla en monumento, como testimonio de la muerte que pasa de largo”. Más de un comerciante de la zona está de acuerdo con esto último: “La bomba es patrimonio del barrio y puede atraer al turismo”.

Pero pronto la disputa da paso al enfrentamiento. Porque debajo de un debate tan estéril subyacen rencillas nunca olvidadas, roces absurdos, problemas de convivencia semiocultos con el paso del tiempo, que la excusa de la bomba desentierra también.

Por ello, cuando al final vuela en pedazos, unos lo celebran como si hubieran sobrevivido a una catástrofe. Otros, en cambio, conscientes de que la explosión echa por tierra sus castillos en la arena, vuelven a sus casas sin ocultar su desconsuelo.

2 comentarios:

  1. Que mezquinos somos y qué bien lo has contado.
    Besicos muchos.

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  2. A saber cuántas bombas activadas yacen bajo eso que llamamos convivencia. Muchas gracias por leerme. Besos también para ti.

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