martes, 10 de agosto de 2021

EL PODER

Cuando falló el segundo motor del avión de pasajeros y el aparato empezó a perder altura, el copiloto pidió la inmediata dimisión del comandante de la aeronave, a quien hacía responsable de la inevitable catástrofe. En su opinión, la prepotencia del piloto fue lo que le impidió reaccionar tras el fallo del primer motor, confiando en su habilidad para remontar la situación y demorando el protocolo de emergencia previsto en esos casos.

Por su parte, con el avión entrando en caída libre, el piloto hizo un llamamiento a la calma y denunció ser objeto de una persecución injusta. También acusó a su subordinado de no perseguir otro objetivo que hacerse con el poder a toda costa. Mientras tanto, una parte del pasaje se había amotinado junto a la cabina de vuelo y hubo que hacer uso de la fuerza para restablecer el orden. Los afectados protestaron, al considerar que las medidas para desalojarlos habían sido desproporcionadas.

Como era de prever, con el avión ya fuera de control, el cruce de acusaciones entre unos y otros, mezcladas con gritos de pánico, ganó en intensidad conforme se hacía visible la zona en la que –todos ellos– iban a estrellarse. No obstante, en un último intento de mirar hacia el futuro, se apeló a la necesidad de unir esfuerzos a fin llegar a un acuerdo in extremis. Pero, incapaces de alcanzarlo, todas las partes decidieron, finalmente, volver a reunirse después del accidente.


En su versión catalana, ganador del II concurso "Castellar per les Llibertats" - julio 2021

 

martes, 3 de agosto de 2021

DIEZ MINUTOS MÁS DE GLORIA

 

Castellar del Vallès (Barcelona), julio de 2021. El jurado del II concurso de microrrelatos “Castellar per les Llibertats” otorga el primer premio a mi relato “El poder”, escrito en lengua catalana. En una tarde calurosa pero con rachas de viento, leo el texto frente a la sede del Ayuntamiento. Estamos en plena pandemia pero la distancia con el auditorio me permite prescindir de la mascarilla. También me saltaré la dieta vegetariana esta noche, cuando vaya a celebrarlo como es debido.


sábado, 4 de julio de 2020

LA LIBRERÍA


Se invitó a todo el mundo a la inauguración de la nueva librería. Si la respuesta hubiera sido la esperada (proporcional al número de tarjetas enviadas) el aforo del local habría resultado insuficiente. Se invitó incluso a las otras librerías de la ciudad, que vieron en ese gesto un detalle de soberbia, una provocación innecesaria. Estaban equivocadas: el nuevo establecimiento no era un rival, no amenazaba para nada su cuota de mercado, no venía a competir sino a complementar. Aun así, nadie acudió a la presentación. Ni las autoridades, ni la prensa, ni el público en general. No obstante, el negocio se puso en marcha y –como por ley natural– aparecieron los clientes. Al principio eran estudiantes distraídos, transeúntes ociosos, alguna pareja de enamorados en una tarde de lluvia. Poco a poco fue llegando más gente a contemplar los inmensos anaqueles llenos de libros vacíos. Hasta que, un día, entraron los autores. Primero –disimulando– a consultar obras ajenas; luego –ya sin pudor– a interesarse por las propias. Tiempo después, cuando la tienda ya no llamaba la atención en el barrio, se supo al fin que aquella singular librería de libros aún no escritos había venido para quedarse.

Ganador mensual en el IX concurso de la Microbiblioteca (Mayo 2020)


martes, 16 de junio de 2020

LA TRINCHERA


En una de aquellas frías noches de enero, a un soldado le dio por tocar el violín. Algunos de sus camaradas ni siquiera sabían que supiera tocar, ni que llevara consigo el instrumento, cuyas notas aliviaban el pesar de la contienda. A la noche siguiente se le unió un clarinete, salido igualmente de nadie sabe dónde. Y el dúo se acoplaba tan bien que pronto privó del sueño a la mayor parte de la tropa (motivo por el cual, durante el día, se apreciaba un notable descenso en la eficacia militar). Pero, al ponerse el sol, todos se alegraban de que los músicos siguieran allí para amenizar la velada. Así que, cuando –más adelante– se les sumó un acordeón, ya nadie se extrañó de que lo tocara el enemigo. Y claro, como cada vez dormía menos gente en ambos bandos, la guerra de trincheras pasó a ser un ejercicio de tiro al blanco sin premio para nadie. En cambio, el ocio nocturno ganó en intensidad y en primavera dieron comienzo las sesiones de baile. Al llegar el otoño, las lluvias aguaron la fiesta y en invierno volvieron las noches estériles. En una de ellas, a alguien le dio por liarse a tiros con los de enfrente, cuando algunos casi habíamos olvidado que sabía disparar.