domingo 1 de noviembre de 2009

MÁS ALLÁ DEL AMOR


Yo llevaba muerto muchos años, pero sentía curiosidad por saber si la mujer con quien había compartido mi vida seguía viva y qué tal le iban las cosas. Me dijeron que esa curiosidad no tenía sentido, que nada lo tenía después de haber muerto. Pero yo sólo quería saber si ella se encontraba bien. Ellos insistieron en que era inútil insistir, que si ella vivía no podríamos entrar en contacto y que si había muerto tampoco. Me repitieron que todo había acabado y que nada podían hacer al respecto. Sin embargo, la ansiedad por recibir noticias de mi amada iba en aumento de manera imparable y no pensaba renunciar a mi propósito. Al final tuvieron que admitir que tal vez yo no había muerto del todo. Supongo que el sobresalto fue tan violento que acabé por despertarme.

Mi mujer dormía plácidamente a mi lado, en la oscuridad, con el pelo revuelto y la sábana cubriéndole apenas la cintura. La abracé con insistencia hasta que ella despertó y le hice el amor como si acabáramos de conocernos. Luego le confesé que había tenido una horrible pesadilla, en la que la echaba mucho de menos. Por su parte, ella también había soñado algo muy extraño, según me dijo. Alguien, al parecer muy obstinado, la perseguía sin descanso para saber cómo vivía y todo lo demás. Cuando le pregunté quién era esa persona me dijo -entre bostezos- que no lo recordaba, pero que cuando yo la desperté estaba a punto de lograr que la dejara en paz.

Texto e imagen de Pedro Herrero


sábado 10 de octubre de 2009

CONTAGIO


Todo empezó una mañana, cuando puse en marcha el motor de mi automóvil y salí calle abajo sin saber a dónde iba. Si ese día llegué tarde a trabajar no fue por los atascos de la hora punta, sino por la indolencia con la que anduve dando vueltas y más vueltas, por plazas y avenidas, como la hoja de un árbol que se deja arrastrar por el viento sin poner nada de su parte. Al día siguiente bajé corriendo las escaleras de mi casa, pero una vez en la acera olvidé que tenía vehículo propio, y tuve que llamar a un taxi para cumplir con mis obligaciones. Fue ésa mi última jornada laboral ya que, al día siguiente, con el abrigo puesto y la cartera en la mano, no hallé una causa justificada que me hiciera atravesar el umbral de mi apartamento. A partir de entonces, durante varias semanas, oí voces y ruidos en el rellano de la escalera, a los que acabé por acostumbrarme. Como también me acostumbré al timbre del teléfono, que al principio me irritaba con su furiosa insistencia pero que, antes de que acertara a desconectarlo, pasó incluso a formar parte del conjunto de avatares domésticos, tan habituales en mi vecindario. Un día, por fin, alguien que vestía una extraña indumentaria pretoriana derribó la puerta de mi hogar a golpes de hacha, y entró hasta el dormitorio apuntándome con una linterna. Dijo entonces algo así como que no sabía exactamente por qué estaba él allí. Pero yo no entendí a qué se refería.

Texto: Pedro Herrero. Imagen: Josep Vilaplana

miércoles 30 de septiembre de 2009

EN COMA


La señora ha entrado en coma tras el accidente, y los médicos no quieren que su marido alimente vanas esperanzas. Sin embargo, el hombre se vuelca a fondo en intentar que su pareja recobre el contacto con la realidad. Permanece junto a ella todo el tiempo en el hospital, le habla en susurros, le explica los viajes que hicieron de novios, le canta antiguas melodías, incluso le aplica en el cuello su perfume favorito, por ver si reacciona con el aroma. Nada de eso da resultado. Un día, ordenando la ropa de su mujer en el armario de casa, descubre unas cartas de amor, remitidas al parecer por un amante secreto, escritas en un lenguaje ardiente y desenfrenado. Sintiéndose humillado, el hombre deja de visitar a su esposa durante una buena temporada. Pero al final, se arma de valor y regresa a su lado con las pruebas que demuestran que le ha sido infiel durante tantos años. Se coloca junto a ella y le lee, con voz profunda y seductora, como si él mismo las hubiera redactado, cada una de las cartas. El esfuerzo le deja tan exhausto, que acaba dormido en el sillón del familiar acompañante. Lo despierta la enfermera, horas más tarde, visiblemente alterada, para darle una muy buena noticia.

Texto: Pedro Herrero
Seleccionado en el I Premio Algazara de Microrrelatos 2009 - Sevilla

LA CITA


De haber sabido lo que ocurriría después, ella habría ido a la peluquería y también se habría comprado un vestido atrevido para estrenarlo ayer, antes de precipitarse en el vacío desde el piso ciento tres del enorme rascacielos, cuando trataba de alcanzar un papel que el viento levantó de su mesa de trabajo y empujó hacia el exterior. Ya en el aire, todo hacía presagiar un porrazo incontestable pero, a la altura del piso cuarenta y dos, su cuerpo cayó en brazos de un joven providencial, de aspecto agradable y musculoso, que vestía un traje ajustado de lycra azul y rojo y una capa de conjunto, muy elegante, que se alzaba tanto como su bello tupé de color negro. A partir de ahí, el descenso fue un paseo delicioso hasta llegar a la calle, donde aquel galán se despidió cortésmente y partió de regreso a las alturas, no sin antes decir que sí, que hoy podrían volver a verse en el mismo lugar y a la misma hora. Y hoy estrena ella un nuevo vestido, elegido a conciencia, y se arregla con esmero para acudir a la cita con su misterioso salvador. Y a la hora convenida se lanza sin temor por la ventana de su estudio, y aprovecha la caída en picado por la fachada del inmueble para dar los últimos toques al maquillaje. Pero esta vez nadie la espera frente a la planta cuarenta y dos. Y al llegar a la catorce, convencida del plantón, se ve obligada a admitir que, si ya es duro bajar de una nube y tocar de pies en el suelo, más duro será tener que hacerlo de cabeza.

Texto: Pedro Herrero
Ganador del IV Premio Nacional de Microrrelatos El Basar 2008 – Montcada i Reixac

GÉNESIS


En el principio aparecieron los cielos y la tierra. Y la luz se apartó de las tinieblas. Y la tierra empezó a producir frutos y simientes y los cielos a separar el día de la noche mediante astros y estrellas. Y se multiplicaron los seres en la tierra, los cielos y los mares. Y todo fue así y él vio que era bueno, salvo en un pequeño detalle: no había ordenado nada de todo aquello. Y atribuirlo a los caprichos del azar habría sido una lástima, un derroche carente de sentido. Entonces creó a Dios a imagen y semejanza del Hombre. Le endosó la autoría del universo y le otorgó poderes sobrenaturales y designios que sólo serían revelados a los elegidos. Le construyó una morada lo bastante lejos como para que nadie pudiera permitirse un viaje de ida y vuelta y, con la mayor diligencia, se dispuso a escribir su biografía. Fue un alarde de ingenio, una jugada maestra. El Hombre habló por boca de Dios. Y Dios no supo -no sabe todavía- qué decir al respecto.

Texto: Pedro Herrero
Seleccionado en el II Premio Nacional de Microrrelatos Hipálage 2008 – Sevilla

EL REGALO


Mi hijo quiere una peonza por su cumpleaños. “¿Nada más?” -pregunto yo, conmovido ante una petición tan modesta. “Nada” -responde él sin la menor vacilación. A pesar de ello, decido comprarle el castillo normando, provisto de almenas y puente levadizo; el tren eléctrico de vagones articulados, con su túnel y su estación de pasajeros; el disfraz, el sombrero y la espada del hombre enmascarado, y un balón de reglamento. El crío lo acoge todo con entusiasmo y pasa la tarde entera jugando en casa como un poseso. Ya en la cama, al darle el beso de buenas noches, quiero saber si le han gustado sus regalos. “Mucho”-me dice, iluminando su rostro con una sonrisa llena de ternura. Luego añade: “¿Y la peonza?”.

Texto: Pedro Herrero
Seleccionado en el III Certamen de Literatura Hiperbreve 2006 “Pompas de Papel” – Logroño

martes 1 de septiembre de 2009

REGALO PERRO


Por no poder atender. Pastor alemán, rubio, precioso, con el morro azabache, muy inteligente y amante de los juegos en el parque. Atiende al nombre de Bronco. Lo adoptamos de cachorro, mi mujer y yo, y ha sido siempre un miembro más de la familia. Solía llamar la atención cuando iba por la calle (mi mujer) y por ello lo entrenamos para que acudiera en su defensa. Pero sus gustos exclusivos (los del perro) nos llevaron a gastar más de lo necesario, y hacía tiempo que soportábamos algunas privaciones, que tarde o temprano habían de pasarnos factura. Por eso tuve que darles una paliza (primero al chucho, luego a mi mujer), y era natural que los dos se pusieran en mi contra. Aunque al volver del trabajo yo seguía encontrando mis pantuflas en la alfombra (descubrí que se turnaban para dejarlas allá). Pero una familia no funciona bien si hay grietas insondables detrás de los gestos amistosos. Las broncas fueron en aumento, y últimamente hablábamos los tres el mismo idioma. Así no hay quien se entienda. Una noche en que discutíamos (el perro y yo), mi mujer me preguntó a quién le ponía el bozal y la correa. No pude más, quise matarlos a los dos, pero Bronco supo defenderse a tiempo. Ahora se ha quedado sin dueño, porque en la cárcel no permiten animales fuera de las celdas. También regalo todos sus complementos.

Texto e imagen de Pedro Herrero