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sábado, 1 de noviembre de 2014

SEDUCCIÓN

Era nuestra primera cita y quise llevarte a un restaurante suntuoso, de aquellos que no muestran los precios del menú en la puerta de entrada. En el vestíbulo tenían un Blüthner en buen estado de conservación. Estaba en un rincón, junto a un sofá Chester de piel marrón y una lámpara Art Déco, cuya luz sumía el lugar en una penumbra cálida, llena de complicidad. Yo sabía que si me sentaba a tocar cualquier cosa en aquel viejo piano (alguna fuga de Bach, un nocturno de Chopin) mientras esperábamos a que nos dieran mesa, tú caerías en mis brazos sin rechistar. Pero entonces te habría gustado por mis habilidades. Y yo quería que me quisieras por lo que soy, no por aquello que soy capaz de hacer. Por eso, cuando más tarde nos fuimos de allí sin pagar la cuenta, y aun así viniste conmigo, supe que era el hombre de tu vida.

4 comentarios:

  1. Bueno. No es para sentirse tan seguro. Lo sería si ella hubiése pagado el consumo.

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    1. Eso también daría seguridad, qué duda cabe. Pero mostraría a un protagonista más convencional y previsible. Al plantear así la escena, sacrifico un poco la credibilidad del personaje en aras de lo políticamente incorrecto. Muchas gracias por tu comentario, Carlos. Un abrazo.

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  2. Tú y tu humor, qué bien. Quizás no lo he apreciado tanto pues "irse sin pagar" entra dentro de "aquello que soy capaz de hacer". No sé.

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    1. Irse sin pagar es un gesto que no tiene gracia, al menos en sí mismo. Yo lo presento como carta de identidad de un hombre que no finge ser lo que no es para conquistar a una mujer. El humor puede hallarse al considerar la historia en su conjunto. Pero eso siempre es relativo. Gracias por leerme, Javier.

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